Cuentos populares

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Muchas veces me figuré que los temores de mi mujer por nuestros hijos eran ficticios, y que apelaba a ellos para conseguir mejor la victoria sobre mí, al mismo tiempo que lograba resolver fácilmente y en su favor todas las dificultades. Entonces creía yo que todos sus actos y sus palabras todas iban en contra mía, y hoy me doy cuenta de que sus enojos y sus tormentos los causaban nuestros hijos y el buen o mal estado de su salud. Esto, lo mismo para ella que para mí, era un verdadero martirio. Y no obstante, los hijos eran para ella fuente de olvido y colmo de dicha. Observé con mucha frecuencia que, en medio de su tristeza, y al estar enfermo uno de nuestros hijos, encontraba como un alivio a sus penas sumiéndose en aquella especie de anhelo que le producía el cuidado… Ese anhelo, esa singular embriaguez eran forzados, porque faltaba toda distracción de otra clase.

A cada momento le contaban que la señora X había perdido dos hijos; que el médico Tal salvó los de la señora N, y que en otra familia habían cambiado de aires, evitando así que se muriesen los niños. Como era natural, los médicos, pavoneándose, confirmaban el hecho, y eso contribuía a afirmar las creencias de mi esposa. Es indudable que habría querido no tener miedo, pero bastaba con que el médico pronunciase estas palabras: «envenenamiento de la sangre», «escarlatina» o, ¡Dios nos libre de ella!, «difteria», para que se trastornase, y era imposible que sucediese de otro modo.


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