Cuentos populares
Cuentos populares —Al principio vivÃamos en el campo, y luego en la capital, y a no ser por la catástrofe que más tarde nos hirió, habrÃa llegado de ese modo a la vejez y al lecho de muerte creyendo haber llevado una vida feliz, es decir, no más desgraciada que la de la mayorÃa de mis semejantes. De ese modo no habrÃa intuido la vil mentira que me rodeaba, ni habrÃa comprendido que todo aquello no era lo mejor ni lo más bueno siquiera. Lo que sà habrÃa sentido con más fuerza habrÃa sido que yo, que debà ser el amo, no fui más que el esclavo de mi mujer, porque habÃa sido ella y no yo quien llevó siempre, como vulgarmente se dice, los pantalones, por más esfuerzos que hice por quitárselos. Mis hijos fueron la causa de que yo perdiese la autoridad y, a pesar de mi deseo, me fue imposible liberarme y recobrarla. Mi mujer contaba con los hijos y, por consiguiente, con la dominación. No comprendÃa entonces sino que estaba en su derecho, un derecho basado en que, en la época de nuestra boda, estaba moralmente a cien codos de altura sobre mÃ, del mismo modo que toda recién casada es tanto más superior a su marido cuanto más pura es. Y fÃjese bien en esto, en que las mujeres, sobre todo en la clase social a la que pertenecemos, son en general seres pervertidos que carecen de fuerza moral: egoÃstas, parlanchinas, testarudas; mientras que las jóvenes de veinte años o poco menos se sienten impulsadas, y de ello vemos ejemplos todos los dÃas, a llevar a cabo acciones nobles e idealmente hermosas. ¿A qué se debe esta diferencia? Es indudable que los hombres han caÃdo tan bajo que las hacen descender a su propio nivel.