Cuentos populares

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El aldeano o el trabajador tienen necesidad de hijos, por más que les cueste mucho trabajo criarlos, y ésta es la justificación de sus relaciones conyugales. En nuestra clase, en cuanto se tienen algunos, no se desean más porque se convierten en una verdadera carga que produce gastos y disgustos en las herencias. Desde entonces no hubo excusa para la impureza de nuestra existencia, por los medios artificiales que empleábamos, pero estamos tan degradados que no creo que sea necesaria esa excusa. La mayor parte de la gente bien educada se entrega hoy a ese libertinaje sin experimentar el menor remordimiento. ¿Cómo hemos de tener remordimientos si no hay conciencia? Y no la hay aparte de la conciencia pública, si se le puede dar ese nombre, y la del código penal. En esto ni la una ni la otra se ven afectadas. La opinión pública no puede estorbarnos, porque todos, lo mismo zutano que mengano, obran de igual manera, a no ser que tratasen de privarse de los medios de subsistencia y de aumentar el número de mendigos. El Código penal tampoco nos sirve de estorbo y no tenemos para qué temerlo. Las que lo han de temer son las mujeres perdidas y las que se entregan a los soldados, que arrojan después a sus hijos a un pozo o a un estanque; a ésas es a las que hay que meter en la cárcel, pero no a nosotros, que los suprimimos en el momento oportuno y con mucha discreción.



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