Cuentos populares

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Ese hombre fue el que, con su música, trajo la catástrofe. En el tribunal echaron la culpa a mis celos, lo cual no era exacto, al menos no del todo. En la vista de la causa se decidió que me habían engañado y que maté para vengar mi honor ultrajado; —¿no es éste el lenguaje que emplea la gente de la curia?— y me absolvieron. Quise explicarles el motivo que me impulsó y creyeron que intentaba rehabilitar el honor de mi mujer. Aparte de todo, sus relaciones con el músico, hayan sido las que hayan sido, no tuvieron importancia ni para ella ni para mí. Lo único importante es lo que le he contado. Todo el drama estriba en la llegada de ese hombre a nuestra casa en los momentos en que nos hallábamos sumidos en la más lamentable de las confusiones, animados por ese mutuo rencor, del que ya le he hablado, y en una situación en la cual la más diminuta gota de agua bastaba para que desbordase el vaso. Las últimas disputas, que en los últimos tiempos habían sido tremendas, tenían la asombrosa consecuencia de provocar en nosotros accesos de pasión bestial. Si ese hombre no se hubiese presentado en nuestra casa, cualquier otro habría sido el protagonista. Si mis celos no me hubiesen servido de pretexto, habría encontrado otro. Estoy íntimamente convencido de que todos los hombres que llevan una vida conyugal como la mía deben entregarse al libertinaje o divorciarse, matarse o matar a su mujer, que fue lo que hice yo. Aquél a quien sucede esto no es un ave rara. Mucho antes del desenlace estuve a punto de suicidarme, y más de una vez quiso envenarse mi mujer.


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