Cuentos populares

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XX

—Para que pueda comprender bien lo que sucedió, es preciso que le cuente todos los detalles. Poco a poco nuestra vida iba haciéndose más tranquila, cuando he aquí que de pronto una noche se nos ocurrió hablar de la educación que había que dar a nuestros hijos. No recuerdo las palabras que pronunciamos uno y otro; lo único que sé es que la disputa empezó pasando la conversación de un asunto a otro, y que a los reproches sucedieron las recriminaciones. Sí, siempre sucede lo mismo; la misma historia de siempre… «has dicho… no, yo he dicho… mientes… ¡qué! ¡que yo miento! ¿eh?». Se acercaba una crisis espantosa y se agrandó ésta, impulsándome al asesinato y al suicidio. La crisis estaba allí, la temía como al fuego; quería contenerme y la cólera pudo más, arrastrándome. Mi mujer se hallaba en un estado idéntico o peor aún, porque desnaturalizó todas las palabras y puso en ellas algo como veneno, arrastrando por el lodo y mancillando todo aquello para mí más querido. La crisis iba aumentando y adquiriendo intensidad. Grité: «¡Cállate!» o algo parecido, mientras que ella, saliendo precipitadamente de la habitación donde nos encontrábamos, entró como una loca en la de nuestros hijos. Deseando acabar de decirle todo lo que había empezado ya a decir, quise contenerla y la cogí del brazo; le hice daño. «¡Hijos míos! —gritó— ¡Vuestro padre me está pegando!». «¡Mientes!» —dije, y mi mujer, para que aumentase mi cólera, añadió—: «¡Y no es la primera vez!» —Los niños se agruparon a su alrededor y procuró tranquilizarlos—. «¡No seas hipócrita!» —le dije— «¡Todo es hipocresía para ti! Eres capaz de matar a alguien y de tener después valor para decir que sólo aparenta estar muerto. Ahora comprendo qué es lo que quieres».


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