Cuentos populares
Cuentos populares —«¿A dónde vas?» —le pregunté, y no me contestó—. «¡Pues bien, que el demonio cargue contigo!» —me dije, y volvà a tenderme en el sofá de mi despacho, y seguà fumando. Mi cabeza se trastornó con el sinfÃn de planes que formé. ¿Cómo vengarme? ¿Cómo deshacerme de ella? ¿A qué medios apelar para hacer frente a las eventualidades? Seguà dando vueltas a estas ideas; abandonarla, ocultarme, huir a América. Llegué hasta el extremo de pensar lo agradable que serÃa para mà verme libre de ella y tener a mi lado a otra mujer, joven, hermosa, ¡nueva! Pero para obtener esa libertad necesitaba su muerte o el divorcio. ¿Cómo podÃa conseguirlo? Comprendà que mis ideas se retorcÃan, y para no darme cuenta de que mis pensamientos iban por mal camino, me puse a fumar a más y mejor. El movimiento de la casa continuó, y al poco rato se me presentó el ama de llaves preguntándome dónde estaba la señora o cuándo volverÃa, y el criado para decirme si querÃa que sirviese el té. Me fui al comedor, en el que encontré ya a los niños, y Lisa, la mayor, me dirigió interrogadoras miradas. Mi mujer no volvÃa y pasaban las horas. Llegó la noche y sin regresar. Dos fueron los sentimientos que se apoderaron de mi alma: el rencor que hacia ella sentÃa por el malÃsimo rato que nos estaba haciendo pasar a mis hijos y a mà con una ausencia que no tenÃa fundamento serio, puesto que tenÃa que volver, y el temor de que hubiese atentado contra su vida. Pero ¿adónde irÃa a buscarla? ¿A casa de su hermana? Me parecÃa hasta estúpido ir preguntando de puerta en puerta por mi mujer. ¡A la ventura de Dios! Si necesita atormentar a alguien, que se atormente a sà misma. Pero ¿y si se hubiese ido a casa de su hermana? ¿Y si se hacÃa o se habÃa hecho daño? Dieron las once… luego las doce… la una, y yo sin poder dormir… Me fui a mi dormitorio…