Cuentos populares
Cuentos populares Decidí que era ridículo esperar solo. No estaba tampoco a gusto en mi despacho, y quise hacer algo, entretenerme, leer, escribir, y no lo conseguí. Allí, a solas, rabioso y sufriendo mil tormentos, rabié y escuché; ¡y ella sin volver! A eso del amanecer me quedé adormilado y luego me desperté, comprobando que no había vuelto aún, y en la casa todo empezaba a seguir la marcha de los demás días. Todos me miraban con aire interrogante y los niños como con reproche. Yo seguía estando inquieto, y esa inquietud contribuía a reavivar mi odio.