Cuentos populares
Cuentos populares A eso de las once de la mañana se presentó su hermana, su embajadora, y soltó las frases de rigor: «Mi hermana se encuentra en un estado lamentable. Pero ¿qué ha pasado entre vosotros? ¿Qué significa esto? Pero si no vale la pena, etc., etc.» Describí su carácter insoportable, declarando que no era yo el culpable y que no estaba dispuesto a dar el primer paso, diciendo que si se quería divorciar que lo hiciese. Mi cuñada rechazó la idea y se marchó sin haber conseguido nada. Yo era a veces muy testarudo, y había decidido que no sería quien diese el primer paso. Apenas se marchó mi cuñada entré en el cuarto de los niños, a los que vi muy tristes. ¡Ah, entonces sí que habría dado yo el primer paso, pero me lo impedía mi palabra! Iba y venía, pasaba el rato fumando; al llegar la hora del almuerzo bebí el vino y aguardiente necesarios para llegar al estado de inconsciencia que deseaba, es decir, para no darme cuenta de la ignominia de mi situación. A cosa de las tres volvió mi mujer y pasó por delante de mí sin decirme ni una palabra. Creyéndola apaciguada, le dije que sus inmerecidos reproches me habían hecho salirme de mis casillas. Me respondió con mucha frialdad, con rostro serio, un tanto abatido, que no había vuelto para oír mis excusas sino para llevarse a sus hijos, puesto que no podíamos seguir viviendo juntos. Repliqué que no tenía yo la culpa, pues ella con su conducta me había enfurecido, y entonces, con aire muy serio y solemne, me dijo: «¡Ten cuidado, no digas ni una palabra más porque te arrepentirás!». Contesté que aquella comedia debía terminar de una vez, que bastaba con lo ocurrido hasta entonces y, respondiendo algunas palabras que no entendí, me dejó solo, y entró directamente en su cuarto. Oí cómo rechinaba la llave en la cerradura; se había encerrado; llamé, no obtuve respuesta y me marché furioso. A la media hora de ocurrir esto, entró Lisa precipitadamente en mi cuarto, llorando sin consuelo. «¿Qué es lo que pasa? ¿Ha ocurrido algo?».