Cuentos populares
Cuentos populares —Dos dÃas después emprendà el viaje a fin de presentarme en la asamblea, y al separarme de mi mujer me hallaba en las mejores disposiciones de espÃritu, y encontré el distrito muy animado, lleno de comerciantes que llevaban una vida muy distinta de la nuestra. Dos dÃas seguidos celebramos sesiones que duraron diez horas, y el segundo dÃa, al retirarme a mi alojamiento, me entregaron una carta de mi mujer. Me hablaba de los niños, del tÃo de la nodriza, de compras y, entre otras cosas y de la manera más natural del mundo, de una visita de Troukhatchevsky que le habÃa llevado las obras musicales que le habÃa prometido, al tiempo que le proponÃa que tocase con él, a lo que se negó. No recordaba que el violinista hubiese prometido semejantes obras, y me parecÃa por el contrario que se despedÃa definitivamente, por lo que esto me sorprendió de una forma desagradable. Volvà a leer la carta y me pareció encontrar en ella algo como tÃmido, forzado. Confieso que la lectura de la carta me produjo una penosa impresión. Los celos rugieron en mà como que una fiera en su guarida, pronta a saltar; tuve, sin embargo, miedo y me contuve. ¡Qué sentimiento más abominable es el de los celos! ¿PodÃa haber cosa más natural que lo que me escribÃa mi esposa?, me dije y me acosté muy tranquilo, al menos en apariencia. Me puse a reflexionar sobre los asuntos del dÃa siguiente y me quedé dormido sin acordarme de ella. Por lo general, mientras duraban las asambleas, me costaba mucho trabajo conciliar el sueño, y aquella noche me quedé dormido en seguida. Pero —y esto es muy frecuente—, una súbita conmoción me desveló. Al despertar, mi primer pensamiento fue para ella, para el amor sensual que me inspiraba, y me acordé también del violinista, diciéndome que obraban de acuerdo. La rabia y el miedo se apoderaron otra vez de mà e intenté calmarme.