Cuentos populares
Cuentos populares Me dije que aquello era una locura, ya que no había motivos para tener celos; no había nada, nada entre ellos. ¿Para qué envilecernos así, yo sobre todo, haciendo suposiciones semejantes? De un lado, un «violinista pagado» que tenía, era cierto, fama de don Juan, y del otro una mujer honrada, respetable, mi mujer. ¡Aquello era simplemente absurdo! No obstante, seguía repitiéndome: ¿por qué había de ser imposible algo semejante? ¿Por qué? ¿No mediaba allí el mismo sentimiento que me impulsó a casarme con ella, la misma y la única cosa que yo quería de ella, y que otros deseaban también, lo mismo que el músico? Era soltero, robusto… le había visto partir el hueso de una chuleta con los dientes y cómo humedecía ávidamente en el vino sus labios rojos. Bien alimentado y bien educado; si profesaba efectivamente algún principio, sería el de divertirse todo lo posible. La música, ese refinado excitante de la voluptuosidad, era el lazo que los unía. ¿Qué era lo que los contendría? Nada. Todo servía para atraerlos el uno hacia el otro. ¿Y ella? Ella seguía siendo, como siempre, un enigma viviente que continuaba siendo indescifrable para mí. No conocía de ella más que su naturaleza animal, y un animal ni debe ni puede ser contenido, ni se contiene tampoco.