Cuentos populares
Cuentos populares —¿Quién está ahÃ, Igor? —pregunté.
—El señor Troukhatchevsky.
—¿No hay nadie más?
—No, señor.
Y me dio esta respuesta, lo recuerdo muy bien, con un acento alegre como si se figurase que aquello me habÃa de poner contento y además quisiese persuadirme de que no habÃa nadie más. «Está bien,» pensé.
—¿Y los niños? —pregunté.
—A Dios gracias, están muy bien y durmiendo.
Apenas podÃa respirar y mis dientes entrechocaban. Me habÃa ocurrido muchas veces volver a mi casa presintiendo una desgracia, creyendo que ocurrÃa alguna novedad, y encontrarlo todo en estado normal. Aquella vez, sin embargo, no su cedió lo mismo; todas las imágenes que yo creyera falsas y que me persiguieron como una obsesión se convertÃan en realidades. Me faltaba muy poco para echarme a llorar, pero el demonio murmuró: «Eso es, déjate ahora dominar por sensiblerÃas y llantos. Mientras tanto, pueden separarse con mucha tranquilidad, y tú te quedas sin pruebas, viéndote condenado a la duda y al sufrimiento eterno». Inmediatamente, la compasión que yo mismo me inspiraba desapareció de mi alma, y sentà unos deseos irresistibles de llevar a cabo un acto de decisión, de energÃa, al mismo tiempo que de habilidad y astucia. Me convertà en un bruto sin inteligencia, en una bestia feroz.