Cuentos populares
Cuentos populares —¡SÃ, si no me hubieses matado! —dijo de pronto, y sus ojos brillaron con un fulgor febril—. ¡Perdonarte! ¡Qué locura! ¡Ah! ¡No debÃa morir, pero tú me has matado y conseguido tu objetivo! ¡Te odio! —En seguida empezó a delirar.
—Dispara… no tengas miedo… mátame… mátanos… mátale a él también… Se fue…
Ya no reconoció a nadie, ni a sus hijos, ni siquiera a Lisa, que se habÃa escapado del lado de su tÃa y se acercó furtivamente al lecho, y aquel mismo dÃa murió a eso de las doce. Pocas horas antes me prendieron, me llevaron a la cárcel y en ella estuve esperando durante once meses a que se viese mi causa. En ese tiempo reflexioné mucho y aprendà a conocerme. A los tres dÃas de estar preso me llevaron a mi casa…
Pozdnychev quiso continuar, pero los sollozos que ahogaban su voz se lo impidieron, hasta que al cabo pudo reponerse y recobrar su serenidad.
—Al verla en el ataúd comprendà mi error, —dijo exhalando un profundo suspiro—, y sólo contemplando su rostro cadavérico comprendà todo el alcance de mi acción. Comprendà que era yo el que la habÃa asesinado, sumiéndola en la nada, y que si yacÃa allà frÃa e inanimada, inmóvil como una estatua, era obra mÃa. Comprendà que aquello era irreparable para mÃ. Quien no haya pasado por semejante prueba no puede comprenderlo.