Cuentos populares

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Iván arrancó una punta y se la tragó. En el acto dejo de dolerle el vientre.

El diablejo volvió a suplicarle:

—Suéltame ahora —dijo—. Me escurriré bajo tierra y no volveré más por aquí.

—Sea —dijo Iván—. ¡Vete con Dios!

Y en cuanto Iván hubo pronunciado el santo nombre de Dios, el diablillo se hundió en lo más profundo de la tierra, como una piedra en el agua. Sólo dejo un agujero como rastro.

Iván guardó los otros dos tallos en su gorro, y volvió a labrar. Concluyó lo que le faltaba, dio vuelta al arado y regreso a su casa.

Desunció, entro en la isba[5] y vio a su hermano mayor, Seman el Guerrero, sentado a la mesa con su esposa para cenar. Le habían confiscado su hacienda y, a duras penas, había logrado escapar de la cárcel para refugiarse en casa de sus padres.

Seman dijo a Iván, al verle entrar:

—He venido para vivir en tu Casa. Manténme con mi mujer hasta que encuentre otro domicilio.

—Sea según tu voluntad —dijo Iván—. Vivid aquí, en paz.

Pero como Iván fuese a sentarse en un banco, su cuñada, molesta por el olor del Imbécil, dijo a su marido:

—No puedo comer con un mujik que apesta.


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