Cuentos populares

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Todavía cortó otro y otro, mas siempre sucedíale lo mismo. Iván pensaba cortar unos cincuenta, y no había logrado cortar diez cuando sobrevino la noche. Estaba rendido, su cuerpo despedía un vaho como una niebla en el bosque, y seguía trabajando. Sintió tal fatiga que, no pudiendo ponerse en pie, tiró el hacha y se sentó para descansar.

El diablillo, al ver que Iván se sentaba, se alegró. Pensó:

—¡Bueno! Ahora abandonará el trabajo. También yo descansaré un rato.

Y se sentó a horcajadas sobre una rama, muy contento. Pero he aquí que Iván se levanta, empuña nuevamente el hacha, la blande y la tira con todas sus fuerzas contra un árbol, que cayó de un golpe, crujiendo.

El diablillo no tuvo tiempo de retirarse, la rama se desgajó y le pilló una pata.

—Pero bicho feo, ¿otra vez por aquí?

—Es que yo —dijo— soy otro. Yo estaba en casa de tu hermano Tarass.

—Quienquiera que seas, tendrás tu merecido.

Iván, enarbolando el hacha, se disponía a dar con ella al diablillo.

—No me des con el hacha —suplicó—. Haré por ti cuanto quieras.

—¿Y qué puedes tú hacer?

—Tanto oro como desees.


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