Cuentos populares
Cuentos populares Todo esto alegró a Tarass el Zar.
—«Debo dar gracias a este mercader —pensaba—, porque ahora tendré más dinero, y viviré mejor».
Y Tarass se dedicó a nuevas empresas: y se le ocurrió hacerse un nuevo palacio. Hizo saber al pueblo que podÃa traerle madera y piedra y trabajar en su casa. Fijaba buenos precios para todo. CreÃa que, a cambio de su dinero, todos acudirÃan como antes a trabajar para él. Y sucedió que toda la piedra y toda la madera era llevada a casa del mercader, para quien todos preferÃan trabajar.
Tarass subió los jornales, pero el mercader subÃalos más todavÃa. Porque, si bien Tarass tenÃa mucho dinero, el mercader le ganaba y éste venció. Y no hubo manera de que Tarass se construyera su nuevo palacio.
A Tarass se le ocurrió la idea de hacer un jardÃn. Llegó el otoño, y el Zar hizo saber al pueblo que podÃan ir a trabajar a su casa. Nadie acudió. Todos estaban ocupados en casa del mercader, que abrÃa un estanque.
Llegó el invierno. Tarass quiso hacerse un abrigo de marta cibelina. Mandólas comprar; pero su enviado regresó, diciendo:
—No hay marta cibelina. Todas las pieles las tiene el mercader, que las pagó muy bien de precio, para alfombrar sus habitaciones.