Cuentos populares
Cuentos populares »Ni mi madre ni yo pudimos comprender el sentido de aquellas palabras.
»Hasta aquel momento, no había existido ningún caballo pío en la familia.
»No creímos que hubiera en ello nada malo: en cuanto a mis formas y a mi fuerza, fueron admiradas desde el momento mismo de mi nacimiento.
»—Creo que es muy vivo —dijo el palafranero—; me cuesta trabajo retenerlo en los brazos.
»Poco después llegó el caballerizo, quien se admiró al verme y dijo con acento de contrariedad:
»—¿A quién puede parecérsele este monstruo? Seguro que el general no querrá conservarlo en la yeguada. ¡Eh, Babá! me has jugado una mala pasada —dijo, dirigiéndose a mi madre—. Si hubiera nacido con una estrella en la frente, aún podía pasar; pero ¡ha nacido pío!
»Mi madre no contestó, pero, como sucede en tales casos, suspiró profundamente.
»—¿A quién diablos puede parecerse? Es un verdadero aldeano; será imposible dejarlo en la yeguada; sería una verdadera vergüenza.
»—Y, sin embargo, es hermoso, muy hermoso —decían al examinarme.