Cuentos populares
Cuentos populares Desde entonces, el ahijado dedicaba medio día a regar los tizones y la otra mitad, a recibir a la gente y descansar.
Pensaba que cuando le habían mandado vivir así, era ésta la manera de redimir los pecados y de destruir el mal.
Así transcurrió otro año; el ahijado no dejó de regar ni un solo día, pero los tizones no crecían.
Una vez oyó que cabalgaba un hombre entonando una canción. Salió a ver quién era. Montando un hermoso caballo con buena silla, se acercaba un hombre joven, fuerte y bien vestido.
El ahijado le detuvo y le preguntó quién era y adónde se dirigía.
—Soy un malhechor, asalto a la gente por los caminos; cuantas más personas mato, tanto más alegres son mis canciones.
El ahijado se horrorizó y pensó: «¿Cómo aniquilar el mal en semejante hombre? Me resulta fácil convencer a las personas que vienen a verme, pues se arrepienten por sí mismas. En cambio, este hombre se jacta del daño que hace».
Sin pronunciar ni una palabra más, el ahijado se apartó del bandido, mientras pensaba: «¿Qué hacer? Si este hombre se aficiona a venir por aquí, asustará a las gentes y éstas dejarán de visitarme. Con ello se verán perjudicadas y además, ¿de qué viviré yo?».