Cuentos populares
Cuentos populares Praskovya Fyodorovna, de buena familia hidalga, era bastante guapa y tenÃa algunos bienes. Ivan Ilich hubiera podido aspirar a un partido más brillante, pero incluso éste era bueno. Él contaba con su sueldo y ella asà lo esperaba él tendrÃa ingresos semejantes. Buena familia, ella simpática, bonita y perfectamente honesta. Decir que Ivan Ilich se casó por estar enamorado de ella y encontrar que ella simpatizaba con su noción de la vida habrÃa sido tan injusto como decir que se habÃa casado porque el cÃrculo social que frecuentaba daba su visto bueno a esa unión. Ivan Ilich se casó por ambas razones: sentÃa sumo agrado en adquirir semejante esposa, a la vez que hacÃa lo que consideraban correcto sus más empingorotadas amistades.
Y asÃ, pues, Ivan Ilich se casó.
Los preparativos para la boda y el comienzo de la vida matrimonial, con las caricias conyugales, el flamante mobiliario, la vajilla nueva, la nueva lencerÃa… todo ello transcurrió muy gustosamente hasta el embarazo de su mujer; tanto asà que Ivan Ilich empezó a creer que el matrimonio no sólo no perturbarÃa el carácter cómodo, placentero, alegre y siempre decoroso de su vida, aprobado por la sociedad y considerado por él como natural, sino que, al contrario, lo acentuarÃa. Pero he aquà que, desde los primeros meses del embarazo de su mujer, surgió algo nuevo, inesperado, desagradable, penoso e indecoroso, imposible de comprender y evitar.