Cuentos populares
Cuentos populares —Esto debe de serte muy desagradable. Perdóname. No puedo valerme.
—Por Dios, señor —y los ojos de Gerasim brillaron al par que mostraba sus brillantes dientes blancos—. No es apenas molestia. Es porque está usted enfermo.
Y con manos fuertes y hábiles hizo su acostumbrado menester y salió de la habitación con paso liviano. Al cabo de cinco minutos volvió con igual paso.
Ivan Ilich seguÃa sentado en el sillón. —Gerasim —dijo cuando éste colocó en su sitio el utensilio ya limpio y bien lavado—, por favor ven acá y ayúdame —Gerasim se acercó a él—. Levántame. Me cuesta mucho trabajo hacerlo por mà mismo y le dije a Dmitri que se fuera.
Gerasim fue a su amo, le agarró a la vez con fuerza y destreza —lo mismo que cuando andaba—, le alzó hábil y suavemente con un brazo, y con el otro le levantó el pantalón y quiso sentarle, pero Ivan Ilich le dijo que le llevara al sofá. Gerasim, sin hacer esfuerzo ni presión al parecer, le condujo casi en vilo al sofá y le depositó en él.
—Gracias. ¡Qué bien y con cuánto tino lo haces todo! Gerasim sonrió de nuevo y se dispuso a salir, pero Ivan Ilich se sentÃa tan a gusto con él que no querÃa que se fuera.