Cuentos populares

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—¿Qué? ¿Comulgar? ¿Para qué? ¡No es necesario! Pero por otra parte…

Ella rompió a llorar.

—Sí, hazlo, querido. Mandaré por nuestro sacerdote. Es un hombre tan bueno…

—Muy bien. Estupendo —contestó, él.

Cuando llegó el sacerdote y le confesó, Ivan Ilich se calmó y le pareció sentir que se le aligeraban las dudas y con ello sus dolores, y durante un momento tuvo una punta de esperanza. Volvió a pensar en el apéndice y en la posibilidad de corregirlo. Y comulgó con lágrimas en los ojos.

Cuando volvieron a acostarle después de la comunión tuvo un instante de alivio y de nuevo brotó la esperanza de vivir. Empezó a pensar en la operación que le habían propuesto. «Vivir, quiero vivir» —se dijo. Su mujer vino a felicitarle por la comunión con las palabras habituales y agregó:

—¿Verdad que estás mejor?

Él, sin mirarla, dijo «sí».


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