Cuentos populares
Cuentos populares También Evgueni soñaba con la boda, pero no como su madre: la idea de casarse para arreglar sus asuntos económicos le repugnaba. Quería casarse honradamente, por amor. Se fijaba en las muchachas que encontraba y conocía, trataba de imaginarse cómo podría resultar el matrimonio con una u otra, pero su mente no acababa de decidirse. Mientras tanto, cosa que no hubiera podido esperar, sus relaciones con Stepanida proseguían y hasta habían adquirido cierto carácter fijo. Evgueni estaba lejos del libertinaje, se le hacía tan duro llevar todo eso en secreto, algo que (él lo sentía) estaba mal, que de ningún modo podía aceptarlo, y ya después de la primera entrevista se había hecho el propósito de no ver más a Stepanida; pero resultó que al cabo de cierto tiempo apareció en él la inquietud que atribuía a la causa antes explicada. Y la inquietud esta vez no era ya algo impersonal. Se imaginaba precisamente aquellos ojos negros y brillantes, aquella voz profunda, aquel olor algo lozano y fuerte, aquel pecho alto que se levantaba bajo la blusa y todo aquel bosquecillo de nogales y arces bañados por una luz clara. Por mucho reparo que le diese, volvió a recurrir a Danila. Y la entrevista quedó fijada de nuevo para el medio día en el bosque. Esta vez Evgueni la miró más y todo le pareció atrayente. Trató de conversar con ella, le preguntó por su marido. En efecto, era el hijo de Mijailo, que vivía en Moscú ganándose la vida como cochero.