Cuentos populares
Cuentos populares Evgueni no la había visto desde que se tropezó con ella y el niño. Como jornalera no se contrataba, por estar ocupada con la criatura, y él pasaba en muy raras ocasiones por la aldea. Aquel día, en vísperas de la Trinidad, Evgueni se levantó temprano, a las cinco de la mañana, y se dirigió a unos barbechos que debían fosfatar. Cuando salió de la casa, las os mujeres no habían entrado aun en las habitaciones de los señores; estaban poniendo a calentar el agua.
Alegre, satisfecho y hambriento, Evgueni volvió a la hora del desayuno. Descabalgó junto al portillo, entregó las bridas de su montura a un jardinero que se había acercado a él y, descargando fustazos contra la alta hierba y repitiendo, como a su modo sucede, una misma frase, se dirigió hacia la casa. La frase en cuestión era: «los fosfatos se justifican», aunque no sabía qué era lo que justificaban, ni ante quien.
En la pradera estaban sacudiendo las alfombras. Los muebles habían sido sacados fuera.
“¡Madre mía! ¡Lo que ha organizado Lisa! Los fosfatos se justifican. ¡Que ama de casa es, que amita! ¡Sí, que amita! —se dijo con el rostro casi resplandeciente que casi siempre mostraba cuando la miraba.