Cuentos populares

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—Sí, tengo que cambiarme de botas; porque si no, los fosfatos se justifican, es decir, huele a estiércol, y la amita, en el estado en que se encuentra… ¿Por qué se encuentra en ese estado? Sí, ahí, en ella crece un pequeño y nuevo Irténev —pensó—. Sí, los fosfatos se justifican”. Y sonriendo, entregado a sus pensamientos, empujó la puerta de su cuarto.

Apenas la había tocado cuando la puerta se abrió por sí misma y él se dio de bruces con una mujer que salía con un cubo, la saya recogida, descalza y las mangas remangadas. Él se apartó para darle paso; ella se apartó también, arreglándose el pañuelo, torcido, con su mano mojada.

—Pasa, pasa; no entraré… —había empezado Evgueni, y se detuvo reconociéndola.

Ella le miró con ojos ponientes. Recogiéndose la saya, atravesó el umbral.

«¡Que absurdo es esto!… ¿Qué pasa?… No puede ser», se dijo Evgueni, ceñudo y como si tratase de sacudirse una mosca, descontento por el hecho de haberla visto. Se sentía descontento y, a la vez, no podía apartar los ojos de su cuerpo, que se balanceaba con aquel andar suave y vigoroso, de sus brazos, de sus hombros, de los bonitos pliegues de la chambra y de la roja saya, recogida sobre sus blancas pantorrillas.


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