Cuentos populares
Cuentos populares «¿Qué estoy mirando? —se dijo, bajando los ojos para no verla—. SÃ, tengo que entrar a coger las botas». —Y dio la vuelta hacia su cuarto. Pero no habÃa recorrido cinco pasos cuando, sin él mimo saber qué órdenes obedecÃa, se volvió para mirarla una vez más. Ella daba la vuelta al pasillo y, en aquel momento también le miró a él.
«¡Qué hago! —exclamó en su fuero interno—. Puede pensar algo. Ya lo habrá pensado».
Entró en su cuarto, que estaba mojado. Otra mujer, vieja y flaca, fregaba el suelo. Evgueni se acercó de puntillas, a través de los sucios charcos, a la pared, en busca de las botas, y quiso salir cuando la mujer se le adelantó en sus propósitos.
«Ésta se ha ido y la otra, Stepanida, va a volver —empezó a razonar alguien dentro de él mismo—. ¡Dios mÃo! ¡Qué hago, qué pienso!».
Agarró las botas y salió corriendo a la antesala; allà se las puso, se cepilló y se dirigió a la terraza, donde ya estaban ambas mamás, tomando el café. Lisa, que parecÃa esperarle, salió al mismo tiempo que él por la otra puerta.
«¡Dios mÃo! ¡Si lo supiera ella, que me considera tan honesto, tan puro e inocente!», —pensó.
Lisa lo acogió con la cara resplandeciente de siempre. Pero ahora le pareció más pálida, amarilla y larga que de costumbre.