Cuentos populares
Cuentos populares Recordó haber leído de un ermitaño que, obligado a imponer su mano sobre una mujer para curarla, a fin de huir de la tentación, acercó la otra mano a un brasero y se quemó los dedos. Lo recordó. «Sí, prefiero quemarme los dedos antes que la perdición». Y, comprobando que en cuarto no había nadie, encendió una cerilla y se la aplicó a un dedo. «¡Ea, piensa ahora en ella! —se dijo irónicamente—; el dolor le hizo retirar el ennegrecido dedo, tiró la cerilla y se rió de sí mismo. ¡Qué estupidez! No debía hacerlo. Pero hay que tomar medidas para que no la vuelva a ver: alejarme o hacer que se vaya. ¡Sí, hacer que se vaya! Ofreceré dinero la marido para que se la lleve a la ciudad o se trasladen a otra aldea. Se enterarán, habrá comentarios. Pero no importa: cualquier cosa es preferible a este peligro. Sí, hay que hacerlo», se decía y no cesaba de mirarla, sin apartar los ojos. “¿Adónde ha ido?, se preguntó de pronto. Le preció que ella le había visto en la ventana y ahora, después de volverse hacia él, del brazo con otra mujer, iba hacia el jardín, braceando garbosamente. Sin comprender él mismo la razón, contento de sus pensamientos, se dirigió ala oficina.
Vasili Nikoláievich, con su levita de los días de fiesta y el pelo reluciente de brillantina, estaba tomando el té con su mujer y unos invitados.
—Deseaba hablar con usted, Vasilli Nikoláievich.