Cuentos populares

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Aunque la carga se le hacía pesada, Evgueni la trasportó con orgullosa alegría hasta la casa y no la entregó a la doncella y el cocinero, quienes Varvara Alexéievna había encontrado y enviado a su encuentro. La llevó hasta el dormitorio y la depositó sobre la cama.

—Tú, vete —dijo ella, atrayéndolo hacia sí y dándole un beso—. Annushka y yo nos arreglaremos.

María Pávlovna, que se encontraba en su pabellón, acudió también. Desnudaron y acostaron a Lisa. Evgueni esperaba en la sala, con un libro en la mano. Varvara Alexéievna pasó junto a él con tan sombrío aspecto de desaprobación, que al infeliz le dio miedo.

—¿Qué hay? —preguntó.

—¿Qué hay? ¿Aun lo pregunta? Lo que probablemente quería cuando obligó a saltar a su mujer la zanja.

—¡Varvara Alexéievna! —gritó él—. Esto es insoportable. Si quiere martirizarme y hacerme la vida imposible… —quería decir «váyase a otra parte», pero se contuvo—. ¿Es que no le duele?

—Ahora es tarde.

Y, sacudiendo triunfante la cofia, se dirigió a la puerta.


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