Cuentos populares

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XV

Evgueni pasó la mayor parte del tiempo junto a la cama de su mujer; la atendía, hablaba con ella, le leía y, lo que resultaba más difícil de todo, lo hacía soportando las acometidas de Varvara Alexéievna, que hasta sabía convertir en objeto de broma.

Pero no podía quedarse siempre en casa. En primer lugar, Lisa le hacía salir, diciendo que se ponía enfermo si ni se movía de su lado, y en segundo, las cuestiones de la hacienda marchaban de tal modo, que a cada paso e requería su presencia. No podía recluirse en casa, y estando en el campo, en el bosque, en el huerto, en la era, en todos los sitios, no ya el pensamiento de Stepanida, sino su imagen viva le perseguía de tal modo, que en muy raras ocasiones podía olvidarla. Esto no habría sido nada, acaso habría podido superar ese sentimiento; lo peor de todo era que antes pasaban meses enteros sin verla y ahora la veía y se tropezaba con ella a cada paso. Stepanida parecía comprender que él quería reanudar las relaciones y trataba de hacerse visible. Entre ellos no se había hablado nada, y por eso ni ella ni él acudían directamente a la cita, tratando solamente de encontrarse.



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