Cuentos populares

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El sitio donde esto podía suceder era el bosque, al que las mujeres acudían con sacos a buscar hierba para las vacas. Evgueni lo sabía y por eso pasaba a diario por allí. Todos los días se decía que no lo haría y todos los días terminaba dirigiéndose al bosque y, al escuchar voces, deteniéndose tras un arbusto, miraba con el corazón palpitante si era ella.

¿Para qué necesitaba saberlo? No hubiera podido contestarlo. Si hubiese sido ella y hubiese estado sola, no se había acercado (así lo pensaba), sino que habría huido; pero necesitaba verla. En una ocasión la encontró: cuando él entraba en el bosque, ella salía con otras dos mujeres, con un pescado seco de hierba a la espalda. De ocurrir un poco antes, hubiera podido hacerse el encontradizo en el bosque. Ahora era imposible, en presencia de las otras mujeres, hacerla volver. Mas, a pesar de que lo comprendía así, durante largo rato, con el riesgo de llamar la atención de las otras mujeres, permaneció espiando tras los arbustos de avellano. Ella no volvió, se entiende, pero él estuvo aguardando un buen rato. ¡Qué hechizo se imaginaba, Dios mío! Y esto no ocurrió una vez, fueron cinco, seis. Y conforme el tiempo pasaba, más fuerte era en él ese sentimiento. Jamás le había parecido tan atractiva. Y no era sólo que fuese atractiva, jamás le había subyugado de esta manera.


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