Cuentos populares

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Sabía que iba perdiendo el dominio sobre sí mismo; era algo que lindaba con la locura. La severidad para con su persona no se había debilitado en absoluto; al contrario, veía toda la infamia de sus deseos y hasta de sus actos, porque de ir al bosque era ya un acto. Sabía que, en cuanto la tuviese cerca, en la oscuridad si era posible, se dejaría arrastrar por el sentimiento. Sabía que lo único que le frenaba era la vergüenza ante la gente, ante ella y ante sí mismo. Y sabía que buscaba las circunstancias en que esta vergüenza no se advirtiese: la oscuridad o un contacto en que la vergüenza quedase ahogada por la pasión animal. Y por ese sabía que era un infame criminal, y se despreciaba y aborrecía con todas las potencias de su alma. Se aborrecía porque no acababa de rendirse; todos los días pedía a Dios que le diese fuerzas, que lo salvase de la perdición, todos los días se hacía a la idea de que no daría un paso más, no la miraría y trataría de olvidarla. Cada día imaginaba recursos para verse libre de aquel tormento y los ponía en práctica.

Pero todo era en vano.





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