Cuentos populares

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Habían desayunado y se encontraban en la sala. El tío contaba por centésima vez sus invenciones relacionadas con amigos suyos de la alta sociedad. Lisa hacía punto y suspiraba, quejándose del tiempo y de dolor de riñones. El tío de aconsejó que se acostara y, por su parte, pidió que le sirvieran vino. Dentro de casa, Evgueni se sentía aburridísimo. Todo le parecía lánguido y tedioso. Fumaba, con un libro entre las manos, pero no entendía nada de lo que leía.

—Tengo que ir a ver los ralladores que trajeron ayer —dijo. Se puso en pie y se dirigió a la salida.

—Llévate el paraguas.

—No hace falta, me pondré el chaquetón de cuero. Además, no voy lejos.

Se puso las botas altas y el chaquetón y se encaminó a la fábrica; pero no había recorrido veinte pasos cuando le salió al encuentro ella, con la falda recogida y dejando ver las blancas pantorrillas. Caminaba sujetando con ambas manos la toquilla en que se había envuelto la cabeza y los hombros.

—¿Qué haces? —preguntó él, que en el primer momento no la había reconocido. Ella se detuvo y, sonriendo, se le quedó mirando.

—Estoy buscando el ternero. ¿Adónde va con este tiempo? —dijo, como si se estuviesen viendo todos los días.


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