Cuentos populares

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Al día siguiente, Evgueni hizo un recorrido por la hacienda, que tenía abandonada. En la alquería estaba en marcha la nueva trilladora. Iba entre las mujeres tratando de no fijarse en ellas, pero, por mucho que se esforzase, un par de veces reparó en los negros ojos y el pañuelo rojo de Stepanida, que retiraba la paja. Os veces la miró de reojo y de nuevo sintió algo, aunque sin llegar a darse cuenta clara de lo que ocurría. Sólo al otro día, al volver a la era de la alquería, donde estuvo dos horas sin tener necesidad alguna, sin dejar de acariciar con la mirada la hermosa y conocida figura de Stepanida, sintió que era hombre perdido, que estaba perdido por completo, irremisiblemente. De nuevo los tormentos, de nuevo los mismos horrores y miedos. Y no había salvación.

***

Ocurrió lo que esperaba. Al día siguiente, a la caída de la tarde, sin él mismo darse cuenta, se vio en la parte trasera de la casa de ella, frente al henil, donde el otoño pasado habían tenido una cita. Como si fuera paseando, se detuvo para encender un cigarrillo. La vecina lo vio y él al dar la vuelta, oyó que decía a alguien:

—Anda, te está esperando; se ve que no puede más. ¡Anda, tonta!


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