Cuentos populares

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“Sí, corté las relaciones cuando quise —se decía—. ¡Para cuidar de mi salud me junté con una mujer limpia y sana! No, se ve que no es posible jugar así con ella. Pensé que la había tomado, pero fue ella quien me tomó a mí, y ya no me suelta. Pensé que yo era libre, pero no lo era. Me engañé a mí mismo al casarme. Todo ha sido un absurdo, un engaño. Cuando me junté con ella experimenté un sentimiento nuevo, al auténtico sentimiento de marido. Sí, debí seguir viviendo con ella.

“Sí, dos vidas son posibles para mí. Una, la que empecé con Lisa; el cago, la hacienda, la niña, la estimación de la gente. Si opto por esta vida, hace falta que Stepanida desaparezca. Hay que mandarla fuera, como yo decía, o suprimirla. Y la otra vida… ya se sabe. Quitársela a su marido, darle a él dinero, olvidar la vergüenza y el bochorno y vivir con ella. Pero entonces hace falta que desaparezca Lisa y Mimí (la niña). No, la niña no molestaría, pero hace alta que Lisa no esté aquí, que se vaya. Que sepa que la he cambiado por una mujer de la aldea, que soy un embustero, un miserable. ¡No, esto es demasiado horrible! Esto no puede ser. También podría ocurrir de otro modo —seguía pensando: que Lisa se pusiera enferma y muriera. Que se muriera, y entonces todo resultaría perfecto.


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