Cuentos populares
Cuentos populares Algo extraño ocurrÃa entre los invitados y algo extraño habÃa también en el silencio que siguió a la música de Alberto. Era como si cada uno hubiera querido y no hubiese podido expresar todo aquello.
¿Qué significaba una sala bien alumbrada y tibia, mujeres turbadoras, el alba asomando por las ventanas, la sangre agitada y la impresión pura de los sonidos? Nadie pretendÃa explicar aquello. Al contrario, casi todos, como no se sentÃan con fuerzas para salirse de tan profunda impresión, se rebelaban contra ella.
—En efecto, ejecuta perfectamente —dijo el oficial.
—¡Admirablemente! —respondió Delessov, que se habÃa escondido mientras se enjugaba las mejillas con la manga.
—Sin embargo, señores, es hora de irnos —dijo, rehaciéndose un poco, el que estaba echado sobre el diván—. Tendremos que darle algo: hagamos una colecta.
Alberto estaba solo en la otra sala, sentado en el diván; tenÃa los codos apoyados en las rodillas huesosas, y con sus manos sucias se frotaba el rostro.
Sus cabellos estaban desgreñados y mostraba una sonrisa feliz.