Cuentos populares

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La colecta fue fructuosa. Delessov se encargó de ponerla en sus manos. Además, le vino la idea a Delessov, en quien la música produjo una profunda impresión, de protegerle. Había pensado llevarle a su casa, vestirlo y hallarle un empleo cualquiera para arrancarlo de su triste situación.

—¿Estáis cansado? —le preguntó al acercársele.

Alberto sonrió.

—Sois un verdadero talento. Deberíais ocuparos seriamente de la música, tocar en público.

—Ahora bebería de muy buena gana —dijo Alberto como si despertase de un prolongado sueño.

Delessov le trajo vino; el músico apuró con avidez dos vasos.

—¡Qué buen trozo de música es esa melancolía! —dijo Delessov.

—¡Oh!, sí, sí —respondió Alberto sonriéndose—. Pero, permitidme… No sé a quién tengo el honor de hablar; quizá seáis un conde o un príncipe… ¿Podríais prestarme un poco de dinero? —Callóse un momento—. Yo no tengo nada… soy muy pobre… no podría devolvéroslo. —Delessov se sonrojó, apresurándose a entregar al músico el dinero recogido.


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