Cuentos populares
Cuentos populares En efecto, afuera hacÃa muchÃsimo frÃo; pero Alberto no lo sentÃa por la excitación que le produjeron el vino y la discusión.
Una vez en la calle volvió la vista y se frotó las manos de contento. La calle estaba desierta y brillaban aún en ella las largas filas de faroles. El cielo estaba estrellado. «¡Bah!» —exclamó dirigiéndose a la ventana alumbrada de Delessov, metiendo las manos bajo el pardesú en los bolsillos del pantalón.
Con el paso indeciso y el cuerpo inclinado hacia adelante, iba Alberto por la derecha de la calle. SentÃa en el estómago y en las piernas una pesadez extraordinaria; un ruido extraño llenaba la cabeza; una fuerza invisible le tiraba de un lado a otro, pero él seguÃa avanzando en dirección a la casa de Anna Ivanovna.
En su cabeza germinaban ideas extrañas e incoherentes.
Unas veces acordábase de su última discusión con Zakhar; otras, de su madre y su primera llegada a Rusia en el barco; o bien de alguna noche pasada en compañÃa de un amigo en la tienda por delante de la cual pasaba; ora en su imaginación empezaba a cantar los trozos que se le ocurrÃan, acordándose del objeto de su pasión y de la noche terrible pasada en el teatro.