Cuentos populares
Cuentos populares Alberto cesó de gritar.
—¡No lo habéis logrado! ¿Queríais matarme? ¡Pues, no! —murmuró tomando sus zapatos de goma.
Sin decir adiós y mascullando palabras incomprensibles, salió; Zakhar le alumbró hasta la puerta y volvió.
—¡Gracias a Dios! Hubiera acabado mal —dijo a su amo—. Ahora hay que mirar los objetos de plata, a ver si están todos.
Delessov movió la cabeza sin responder. Acordábase de las dos primeras veladas pasadas con el músico; los días tristes que por su culpa había pasado Alberto, principalmente se acordaba del sentimiento mezclado de admiración, de amor y de piedad, que desde el primer momento le inspiró ese hombre extraño.
Empezaba a compadecerle. «¿Qué va hacer, sin dinero, sin ropa, solo en medio de la noche?…». Quiso mandar a Zakhar en su busca, pero ya era tarde.
—¿Hace mucho frío? —preguntó Delessov.
—Una helada muy fuerte —respondió Zakhar—. Había olvidado deciros que se tendrá que comprar leña antes de la primavera.
—¿Cómo es posible? Tú habías dicho que aún quedaría…