Cuentos populares
Cuentos populares —Esperad, que iré a llamar al amo —decÃa Zakhar.
Alberto murmuraba palabras incoherentes, Delessov saltó del lecho y con la bujÃa en la mano corrió a la antesala. Zakhar, en traje de noche, estaba de pie delante de la puerta. Alberto, con el sombrero y el abrigo, trataba de apartarle de la puerta, gritando con voz quejumbrosa.
—No podéis impedirme el paso, tengo el pasaporte; yo no me llevo nada, podéis registrarme si queréis; iré al jefe de policÃa.
—Permitidme —dijo Zukhar a su amo, mientras continuaba defendiendo la puerta con la espalda—. Se ha levantado esta noche, ha encontrado la llave de mi abrigo y se ha bebido una botella entera de aguardiente azucarado. ¿Está bien eso? Y ahora quiere marcharse.
—¡Nadie puede detenerme! No tenéis ese derecho —gritaba elevando cada vez más la voz.
—QuÃtate de ahÃ, Zakhar —dijo Delessov, y dirigiéndose a Alberto—: Yo no quiero ni puedo deteneros, pero os aconsejo quedaros hasta mañana.
—Nadie puede detenerme, iré a ver al jefe de policÃa —gritaba cada vez con más fuerza Alberto, dirigiéndose tan sólo a Zakhar y sin mirar a Delessov—. ¡Ladrones! —gritó de pronto con espantosa voz.
—Pero ¿por qué gritáis as� Nadie os detiene —dijo Zakhar abriendo la puerta.