Cuentos populares
Cuentos populares Al pasar cerca de la pequeña Moraskaia, Alberto tropezó y cayó, y, como despertado por un momento, vióse delante de un magnífico edificio. En el cielo no se veían ni estrellas ni luz; tampoco había luz en la tierra, pero todos los objetos distinguíanse claramente. En las ventanas del edificio que se levantaba al final de la calle, brillaban algunas luces, que oscilaban como débiles reflejos. El edificio se iba acercando cada vez más donde estaba Alberto; destacándose más netamente… pero las luces desaparecieron al penetrar Alberto por sus anchas puertas. El interior era sombrío, los pasos resonaban sonoros bajo la bóveda, y, al acercarse, las sombras se desligaban y huían. «¿Por qué he venido aquí?» —pensó Alberto; pero una fuerza invisible le empujaba adelante hacia el fondo de una inmensa sala… Allí había un estrado alrededor del cual había mucha gente en silencio. «¿Quién hablará?» —preguntó Alberto. Nadie respondió, pero le designaron el estrado. Sobre el mismo estaba ya un hombre alto, delgado con las cabellos erizados y en traje de casa—. Alberto conoció enseguida en él a su amigo Petrov. «¡Qué extraño es que esté aquí!» —pensó Alberto—. «¡No, hermanos míos! —decía Petrov señalándome a mí—, no habéis comprendido a un hombre que vivía entre vosotros; ¡no lo habéis comprendido! No era un artista cualquiera, ni un tocador mecánico, ni un loco, ni un hombre perdido; era un genio, un gran genio musical despreciado por todos nosotros».