Cuentos populares
Cuentos populares Alberto comprendió al momento de quién hablaba su amigo, pero por no molestarle, por modestia, bajó la cabeza.
—En él, ese fuego sagrado de que todos nos servimos, lo ha consumido todo como una simple paja.
Pero él ha cumplido cuanto Dios puso en él, y por eso debemos llamarle un gran hombre. Vosotros podÃais despreciarle, hacerle sufrir, humillarle —continuó elevando cada vez más la voz—. Pero era y será infinitamente superior a todos vosotros; nos desprecia a todos, pero se consagra tan sólo a lo que le viene de arriba. Ama una sola cosa, lo bello, el solo bien indispensable en el mundo. ¡SÃ; hele aquÃ, éste es! ¡Caed todos ante él de rodillas! —gritó en voz alta—. En este momento surgió otra voz al otro lado de la sala.
—Yo no quiero arrodillarme delante de él —dijo la voz, en la que Alberto reconoció a Delessov.
—¿Por qué es grande? ¿Y por qué hemos de inclinarnos delante de él? ¿Se ha conducido con lealtad? ¿Ha sido útil a la sociedad? Sabemos que ha pedido dinero prestado y que no lo ha devuelto; que ha empeñado el violÃn de uno de sus amigos…
—«Dios mÃo, ¿cómo sabe todo eso?» —pensaba Alberto bajando cada vez más la cabeza.