Cuentos populares
Cuentos populares Alberto, que escuchaba todas esas palabras con la alegrÃa en el alma, no pudo contenerse y se acercó a su amigo para abrazarle.
—Vete, que no te conozco —respondió Petrov—. Sigue tu camino, si no, no llegarás…
—¡Mira cómo se ha puesto!, no podrá llegar —gritó el guardia al volver la esquina.
Alberto se levantó, juntó sus fuerzas y, tratando de no tambalearse, dobló la callejuela. De allà a la habitación de Anna Ivanovna no habÃa más que algunos pasos. La luz de la antesala reflejábase sobre la nieve del patio; cerca de la puerta cochera estaban estacionados gran número de trineos y coches.
Apoyando su helada mano en la barandilla, subió la escalera y llamó. El dormido rostro de la criada mostróse por la ventanilla de la puerta mirando con aire de desprecio a Alberto: «No se puede entrar —gritó—. Tengo orden de no dejar entrar», y cerró de golpe la ventanilla. El sonido de la música y las voces de las mujeres llegaban hasta la escalera; Alberto sentóse en el suelo, apoyó la cabeza en la pared y cerró los ojos.
Tan pronto como los cerró, le asaltó una multitud de visiones extrañas que, con mayor fuerza, le transportaron de nuevo al hermoso y libre reino del sueño.