Cuentos populares
Cuentos populares —«¡Esto es horrible! ¿Cómo decirle que estoy vivo?» —pensó con horror—. ¡Dios mÃo!, ¡estoy vivo!, ¿comprendéis? —murmuró.
—«¡Es el mejor y el más feliz!» —seguÃa diciendo la lejana voz.
Era algo que pesaba cada vez con más fuerza sobre Alberto. ¿Era la luna, el agua, los besos o las lágrimas? No lo podÃa comprender, pero no se le ocultaba que muy pronto habrÃa concluido todo.
Dos invitados salieron de casa de Anna Ivanovna tropezaron con Alberto, que estaba tirado en el suelo. Uno de ellos entró para llamar al ama de la casa.
—Esto es inhumano —dijo—; haber dejado que este hombre se helara aquà toda la noche.
—¡Ah! ¡Es Alberto! ¡Ya estoy cansada de él! —respondió—. Annuchka, metedlo en cualquier rincón de la sala —dijo a la criada.
—Pero si aún estoy vivo, ¿por qué me enterráis? —murmuró dentro de sà mismo Alberto, mientras le entraban sin conocimiento en la habitación.