Cuentos populares
Cuentos populares Se levantó del banco y se quedó de pie frente a su amada, erguido en su alta estatura, apoyando ambas manos en el sable.
—Sólo ahora he llegado a saber cuán inmensa es la felicidad que el hombre es capaz de sentir. ¡Y es a usted, es a ti —dijo sonriendo tÃmidamente— a quien se lo debo!
Se hallaba en aquella fase en que el «tú» no se ha hecho todavÃa familiar, y al mirarla con limpia mirada, de la cabeza a los pies, le resulta difÃcil tratar de «tú» a un ángel semejante.
—Me he conocido a mà mismo gracias… a ti, he advertido que soy mejor de lo que creÃa.
—Lo sé hace mucho. Por esto precisamente le quiero.
Un ruiseñor dejó oÃr trinos en unas ramas próximas; susurró el verde follaje acariciado por un soplo de brisa.
Kasatski tomó la mano de la joven y la besó. Las lágrimas se le asomaron a los ojos. La condesa comprendió que su amado le agradecÃa lo que ella acababa de decirle: que le querÃa. El joven oficial dio unos pasos, silencioso; se acercó luego al banco y se sentó.