Cuentos populares

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El dueño, deportista encarnizado, era uno de esos hombres a quienes se les ve en todas partes, lo mismo en las carreras que en el teatro. Uno de esos que arrojan magníficos ramos a las actrices. Su amigo Nikita Serpukovsky tenía ya cuarenta años. Era alto, robusto, calvo, y llevaba barba y largo bigote.

En otro tiempo debió haber sido muy guapo. Actualmente era pasable, moral y físicamente.

Sus deudas eran tan considerable, que, para no verse reducido a prisión, había tenido que solicitar del gobierno un empleo en una ganadería de la Corona.

Todo cuanto llevaba puesto tenía un sello particular de elegancia que demostraba su origen distinguido.

En su juventud se había comido una fortuna de un millón de rublos y había contraído deudas que ascendían a ciento veinte mil. Aquel pasado inspiraba tanto respeto a sus abastecedores, que le concedieron un crédito ilimitado.

Habían transcurrido diez años. Su prestigio disminuía y Nikita empezaba a encontrar muy triste la vida. Tomó la costumbre de embriagarse, cosa que no le había sucedido nunca en otro tiempo. Sin embargo, no se le podía acusar de que empezara entonces a beber, puesto que había bebido ya desde su edad más tierna. Su seguridad de otro tiempo iba desapareciendo. Su mirada se hacia vaga. Sus movimientos comenzaban a ser indecisos.


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