Cuentos populares
Cuentos populares En el monasterio, además del sentimiento que experimentaba al tener conciencia de su superioridad sobre los demás, hallaba Kasatski Ãntimo gozo esforzándose por alcanzar el grado máximo de perfección en su vida monacal, tanto exterior como interiormente, del mismo modo que en todas sus demás empresas. Asà como en el regimiento no solo era un oficial impecable que hacÃa más de lo que se exigÃa y ampliaba el marco de su perfeccionamiento, en el monasterio se esforzaba también por ser perfecto: trabajaba siempre, era un religioso sobrio, humilde, limpio en el hacer y en el pensar, obediente. Esta última cualidad o grado de perfección era la que más le ayudaba a encontrar llevadera la vida. No importaba que muchas de las reglas debÃa observar en aquel monasterio, sumamente concurrido, no le gustaran y le escandalizaran; todo se reducÃa a la nada por medio de la obediencia. «No es cosa mÃa razonar; mi obligación es obedecer, velando las sagradas reliquias, cantando en el coro o llevando las cuentas del servicio de hosterÃa». La obediencia a su venerable padre espiritual eliminaba la posibilidad de dudas en todos los terrenos. Sin esta obediencia, se habrÃa sentido abrumado por la duración y la monotonÃa de los oficios religiosos, por el trajÃn de los visitantes y por otras particularidades de la hermandad monacal, pero gracias a esta virtud no sólo lo soportaba todo con alegrÃa, sino que encontraba en ello gran apoyo y consuelo. «No sé por qué hace falta escuchar varias veces al dÃa unas mismas preces, pero sé que es necesario, encuentro alegrÃa en ello». Su venerable padre espiritual le dijo que del mismo modo que se necesita alimento material para la conservación de la vida, hace falta el espiritual —el rezo en la iglesia—, a fin de sostener la vida del espÃritu. Kasatski lo creÃa asÃ, y realmente los oficios religiosos, aunque a veces le costara trabajo levantarse por la mañana, le proporcionaban indudable sosiego y alegrÃa. Le llenaba de contento el tener conciencia de su propia humildad y de saber indudablemente todos los actos que realizaba por indicación del padre espiritual. El interés de la vida estribaba no sólo en subordinar cada vez más plenamente la propia voluntad, en alcanzar una humildad cada dÃa mayor, sino en todas las virtudes cristianas que al principio le parecieron fácilmente asequibles. Cedió sus bienes a su hermana y no lo sentÃa. No era perezoso. No le resultaba difÃcil humillarse ante los inferiores, antes bien, le proporcionaba un Ãntimo gozo. Incluso le era fácil vencer el pecado de concupiscencia, tanto de la gula como de la lujuria. Su padre espiritual le puso en guardia sobre todo contra este pecado, y Kasatski se alegraba de estar limpio de él.