Cuentos populares
Cuentos populares «¡Dios mÃo! ¿Será verdad lo que he leÃdo en las vidas de los santos, que el diablo se presenta en forma de mujer…? SÃ, es una voz de mujer, ¡una voz dulce, tÃmida y grata! ¡Fu! —y escupió al lanzar esta exclamación—. No es asÃ, ha sido todo una alucinación mÃa». Se acercó a un rincón y se dejó caer de rodillas frente al icono. Aquel movimiento regular y habitual yo por sà mismo le proporcionaba consuelo y satisfacción. Le cayeron los cabellos sobre el rostro y apretó la frente sobre el húmedo y frÃo suelo, donde se formaban breves hileras de polvillo de nieve arrastrado por el viento que soplaba por debajo de la puerta.
Recitó un salmo contra las tentaciones, el que recomendó para tales casos el venerable Pimen. Levantó sin la menor dificultad el magro y ágil cuerpo sobre sus fuertes piernas nervudas y se dispuso a proseguir la lectura de los salmos, pero en vez de leer aguzaba involuntariamente el oÃdo. Deseaba oÃr algo más. El silencio era absoluto. En un rincón las gotas de agua que se desprendÃan de la bóveda resonaban como antes al caer en la tinaja. Fuera, la oscuridad era total. La niebla apagaba el brillo de la nieve. Silencio, nada más que silencio. De pronto se oyó en rumor junto a la ventana y una voz inconfundible, aquella dulce y tÃmida voz, una voz que sólo podÃa pertenecer a una mujer atractiva, dijo:
—Por Dios, ábrame…