Cuentos populares

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Le pareció que la sangre se le agolpaba en el corazón. Ni siquiera pudo suspirar. «Que Dios resucite y me ampare…».

—No soy el diablo… —no cabía duda de que se sonreían los labios que pronunciaban aquellas palabras—. No soy el diablo, sino una pobre pecadora que se ha extraviado, en el sentido recto de la palabra, no en el otro. —Se echó a reír—. Estoy helada y pido asilo…

El padre Sergio acercó el rostro al cristal del ventanuco. Sólo se veía los destellos del candil reflejado en el vidrio. Se puso las manos a ambos lados de la cara y miró. Niebla, oscuridad, un árbol. ¿Y a la derecha? Allí estaba ella. Sí, era una mujer envuelta en un abrigo de blancas pieles, tocada con un gorro. Su carita linda, bondadosa y asustada, se inclinaba mirándole, a dos pulgadas de la suya propia. Sus ojos se encontraron y se reconocieron. No es que se hubieran visto antes, pero en la mirada que cambiaron se dieron cuenta (sobre todo él) de que se reconocían y se comprendían. Después se esta mirada, no cabía ya duda ninguna de que se trataba del diablo y no de una mujer sencilla, buena, dulce y tímida.

—¿Quién es usted? ¿Qué quiere? —preguntó él.

—¡Ábrame ya! —dijo ella con caprichoso requerimiento—. Estoy helada. Le digo que me he extraviado.


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