Cuentos populares
Cuentos populares —Soy un monje, un ermitaño.
—Bueno, pero abra. ¿Quiere usted que me quede yerta al pie de la ventana mientras usted reza?
—Pero cómo usted…
—No me lo voy a comer, no tema. Por Dios, déjeme entrar. No resisto el frÃo más tiempo.
Empezó a tener miedo y pronunció estas últimas palabras casi sollozando.
Él se apartó de la ventana y dirigió su mirada al icono en que estaba Jesucristo con la corona de espinas. «Señor, ayúdame. Señor, no me abandones», murmuró persignándose e inclinándose profundamente, hasta la cintura. Se acercó a la puerta, que daba a una especie de minúsculo zaguán, y la abrió. Allà buscó a tientas el gancho que serraba la puerta exterior. Fuera se oyeron pasos. La mujer se apartaba de la ventana y se dirigÃa a la puerta. «¡Ay!», exclamó de pronto. HabÃa metido un pie en el charco que se formaba delante del umbral. Al padre Sergio le temblaban las manos y no podÃa levantar el gancho.
—¿Qué espera? Déjeme entrar. Estoy empapada, aterida. Usted sólo piensa en la salvación de su alma y deja que me hiele.
El padre Sergio tiró de la puerta hacia sÃ, levantó el gancho y, sin calcular el impulso, empujó la puerta hacia fuera, dando un golpe a la mujer.