Cuentos populares
Cuentos populares —¡Oh, perdone! —exclamó, volviendo de improvisto a la expresión y al tono que tan familiares le eran en otros tiempos, al alternar con damas.
Ella se sonrió al oÃr ese «perdone», pensando: «No es tan terrible como suponÃa».
—No ha sido nada, no ha sido nada. Usted me ha de perdonar a mà —dijo pasando por delante del padre Sergio—. No me abrÃa atrevido nunca a molestarle. Pero me encontraba en una situación muy apurada.
—Entre usted —musitó él cediéndole el paso.
Notó un fuerte olor de finos perfumes, como no sentÃa hacÃa muchos años. La mujer cruzó el pequeño zaguán y penetró en el recinto anterior de la cueva; él la siguió, después de haber serrado la puerta sin poner el gancho.
«Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, perdone a este pobre pecador; Señor, ten compasión de este pobre pecador», repetÃa sin cesar en su interior y, además, moviendo involuntariamente los labios.
—Acomódese —dijo.
Ella permaneció de pie, en medio de la estancia, mirándole con una sonrisa burlona en los ojos. De su ropa se desprendÃan gotas de agua.