Cuentos populares
Cuentos populares —Perdóneme que haya quebrantado su soledad. Pero ya ve usted en qué situación me encuentro. Todo se debe a que salimos de la ciudad a dar un paseo en trineo y yo aposté que volverÃa sola a pie desde Voroviovka, pero me equivoqué de camino, y si no hubiera dado con su ermita… —empezó a decir, mintiendo descaradamente.
Pero se sintió tan confusa al fijarse en el rostro del padre Sergio, que no pudo seguir la patraña y se calló. Se lo habÃa imaginado distinto. No era tan guapo como se habÃa figurado, pero le parecÃa magnÃfico. El aspecto del padre Sergio con sus cabellos entrecanos y ensortijados, lo mismo que el pelo de la barba, su nariz de lÃnea correcta y aquellos ojos ardientes como brasas cuando miraban de frente, la impresionaron profundamente.
Él comprendió que la mujer mentÃa.
—Bueno, no se preocupe —dijo mirándola y bajando nuevamente los ojos—. Yo pasaré ahà y usted descanse.