Cuentos populares
Cuentos populares Los pies mojados, sobre todo el izquierdo, le dolÃan, y se puso a descalzarse apresuradamente sin dejar de sonreÃr, contenta no tanto de haber logrado lo que se proponÃa, sino de haber visto que habÃa conturbado al padre Sergio, a ese hombre magnÃfico, sorprendente, raro y atractivo. «No ha correspondido… ¡Qué más da!», se dijo para sÃ.
—¡Padre Sergio! ¡Padre Sergio! Es asà cómo le llaman, ¿verdad?
—¿Qué quiere usted? —le respondió una voz tranquila.
—Por favor, perdóneme que haya roto su soledad. Pero créame, no he podido evitarlo. Me habrÃa puesto enferma. No sé lo que me va a pasar. Estoy empapada. Tengo los pies hechos un témpano.
—Perdóneme —respondió la voz sosegada—, nada puedo hacer por usted.
—Por nada del mundo le habrÃa incomodado. Me quedaré sólo hasta el amanecer.
El padre Sergio no respondió, y la mujer oyó un leve balbuceo. «Por lo visto reza», se dijo.
—No entrará usted aquÃ, ¿verdad? —preguntó sonriéndose—. He de quitarme la ropa para secarla.
El padre Sergio no respondió y continuó rezando sus oraciones al otro lado del tabique con la misma voz reposada.